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vol 24 • 2018

La emancipación como proceso de transformación singular y común

La emancipación como proceso de transformación singular y común

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A día de hoy, quiénes somos preguntados acerca de una educación emancipadora debemos pararnos a pensar de qué y/o de quiénes debemos emanciparnos en la actualidad. ¿Qué supone emanciparse? ¿Qué significa emanciparse? Al retomar la reflexión, pienso que emanciparse conlleva una superación de los lazos de sometimiento, una superación que bien podría darse atravesando estos lazos que identificamos como de sometimiento y sujeción al mismo tiempo que los transformamos en alianzas construidas desde el deseo de estar juntos. Además, es bueno tener en cuenta que a cada tiempo los ejes de sometimiento van cambiando, así como las formas con las que se adelgaza, prohíbe o constriñe la capacidad de cada cuál a decidir acerca de su vida, como sería decidir la cuestión relativa a cómo quiere vivir. No sólo es con el paso del tiempo cómo las formas de sometimiento van mutando, sino que también las prácticas y canales con los que se oprime a otros van cambiando según el contexto geográfico en el que nos fijemos. Así es como en distintas latitudes del mismo mundo pueden observarse paradojas tales como la coexistencia de la dictadura del cuerpo ideal con la dictadura del hambre, la explotación sexual de mujeres con la hipersexualización de niñas, la falta de la alfabetización con la sobreformación. En resumen, mientras que las sujeciones son globales, no lo son las formas y las figuras con las que se dan. Aun así, están. Y estamos ahí, cada cual sometido a unos dictámenes, a unas convenciones, a unas condiciones de vida, a unas leyes, etc. que debemos saber ver para pensar cómo saltar, neutralizar y/o superar su poder de sometimiento.

De la misma manera que hay diversidad de formas y figuras de sometimiento y opresión, alrededor del mundo también existen múltiples y diversas propuestas para recuperar y reforzar la libertad de poder ser quién se es. Cada una de las propuestas que son ideadas y llevadas a cabo nace de la capacidad de escucha de los sujetos que sufren y desean. Pero a menudo la escucha de las necesidades y de los deseos no es suficiente para asumir con determinación el proceso-proyecto-programa educativo emancipador. No es suficiente cuando el sentimiento de impotencia gana al reconocimiento de la capacidad de agencia que aumenta exponencialmente gracias a la libertad en relación. No es suficiente cuando se buscan las posibilidades de emancipación en experiencias concebidas como fórmulas mágicas llevadas a cabo en contextos distintos al que estamos habitando, creyendo ingenuamente con la universalidad de modalidades, de actividades, de temporizaciones, de escenarios y de tradiciones culturales. No es suficiente cuando se concibe la propuesta al margen del análisis crítico de las estructuras de sujeción del conjunto de la sociedad con la que se quiere compartir el proceso. Diría que no es a menudo, sino que una propuesta emancipadora nunca puede ver luz si a la escucha de los sujetos no le añade la escucha de la realidad, abrazando todas las dimensiones antropológicas, históricas, culturales, políticas, sociales, económicas... Es con esta práctica de la escucha de lo personal y lo estructural, de lo concreto del grupo humano y de las condiciones en las que tienen que desarrollarse que puede pensarse y actuar –o sea, crear- una propuesta emancipadora singular y común.

Porque, si cabe, habría que decir que la tarea de concebir un proyecto emancipador es colectiva. Quiénes hemos vivido procesos que pretendían ser emancipadores sabemos que ante un proyecto difícil y complejo y que, por ello, presentaba sus dificultades, nos ha sido de gran ayuda contar con la potencia que dan los lazos de relación de la comunidad. La transformación no es un quehacer individual, sino relacional. Es una experiencia que se da gracias a, y con, los demás, quiénes trenzan sus acciones, ideas y sueños con los de sus vecinas y vecinos y/o con los compañeros que habitan al otro lado del globo terráqueo. Indiscutiblemente, necesitamos de los otros para conocer, imaginar, proyectar, proponer y encarnar toda actividad que demande el proceso también dibujado colectivamente, sabiendo que no se trata de un proceso ordenado y programado de antemano, ni mucho menos. El caminar de la emancipación debe contar con la contingencia del presente, del que todos participamos sufriéndolo, gozándolo o resistiendo ante él.

Tener conciencia de la participación del tiempo presente es muy importante porque es en él cuando a lo ya sabido del camino que nos ha precedido puede añadírsele nuevos elementos hasta ahora ausentes. Es decir, no basta con conocer la historia de aquello de lo que queremos emanciparnos; debemos también estar atentos a lo que está sucediendo en el ahora, para ver si en ello hay nuevas oportunidades para camuflar la opresión de la que queremos salir o, en cambio, hay nuevos factores que pueden colaborar a su superación. Debemos prestar atención a la realidad presente porque quien se cree que al empezar un proyecto emancipador ya sabe y tiene todo lo que se necesita saber y tener se encuentra muy cerca de caer en la trampa que conlleva el sentimiento de la complacencia. El peligro de la complacencia está en sus consecuencias, es decir, la complacencia que siente aquél que se cree que sabe y dispone de todo lo necesario, lo ciega para leer tanto aquello que irrumpe de improviso como aquello que ya existe de divergente a lo que se cree saber. Porque todo, lo que se dice todo, no se puede saber. Ni aun cuando se supiera, se podría tener bajo control.

Emancipar es un verbo de doble vía, incluso diría que es doblemente transitivo, aunque sé bien que hay quienes lo conciben como un acto unidireccional, de una hacia los otros, muy característico del paternalismo patriarcal, salvífico y prepotente. En realidad, debe ser por esta razón por la que en muchas ocasiones el verbo emancipar me ha chirriado en los oídos; porque cuando me he parado a pensar qué provocaba esa resistencia que sentía con tanta fuerza, me he dado cuenta que tenía que ver con esta otra concepción levantada sobre la base de desigualdad que sustenta las sujeciones y opresiones a las que quiero dejar atrás.

No poder relacionarse libremente con la tierra que se pisa, que se admira, que está contaminada; la tierra en la que se nació y la que se trabaja. No poder hablarse a los ojos con los vecinos. No poder llevar una vida vivible, digna y decente, a causa de la precariedad del empleo, o de las infraestructuras, o de la garantía de los derechos civiles más fundamentales. No poder llevar una vida vivible porque el aire está lleno de miedo, de persecución, de polución, de rabia, de envidia, de codicia, de rechazo. No poder vivir porque no se tiene agua o porque se vive en el propio cuerpo un género que el poder condena como inadecuado. No poder vivir junto con los demás porque han desaparecido los espacios de encuentro, los que dan cuerda a la libertad de vivir. No poder vivir de forma vivible porque pensar por sí mismo está penalizado con la tortura, con el destierro, con el exilio o con la muerte.

No poder, o peor aún: pensar que no se puede. La impotencia es quizás el sentimiento más paralizador que puede sentirse, puede que lo sea más que el miedo. Pensar que no se puede es un elemento desmovilizador que viaja en muchos de los discursos actuales, sean políticos, sociales, económicos o pedagógicos. Cuando se difunde la idea del no poder con el convencimiento que ejercen datos e informaciones pseudocientíficas e ideológicamente populistas, recibimos un alud de argumentos que nos empujan hacia la tentación de renunciar a toda esperanza y a engordar el sentimiento de resignación y de aceptación pasiva de nuestra realidad.

Por esto mismo, porque vivimos en unas realidades tan deshumanizantes que son capaces de llevar a pensar que ya no podemos ni sabemos ni se nos permite pensar, es por lo que el trabajo de emancipación es tan apremiante y valioso. Y por ello mismo es preciso recordar que el trabajo que transforma y nos transforma es un trabajo de presente continuo y universal, necesitado de energía y confianza en la capacidad de una misma y de la que puede crecer aún más gracias a la vinculación con los otros, aunque sean unos completos desconocidos. Ahí está la potencia de la comunidad, su persistencia en mantener y establecer vínculos con los compañeros más o menos cercanos, más o menos conocidos, con quienes formamos eso que se llama humanidad. Una humanidad que a lo largo de la historia ha enseñado su gran poder de transformación de realidades injustas a través de expresiones y acciones valientes y decididas, cada una atenta a sus posibilidades, a sus proyectos y a su contexto. Y todo ello sin celebrar fórums económicos ni culturales; tampoco la humanidad es representada ni mucho menos defendida por unos cuantos organismos de índole internacional. La humanidad no cabe en lo que unos pocos deciden para las agendas del siglo XXI o del XXII. Pero a pesar de todo ello, la humanidad es potente, porque es mucho más que todo esto, lo trasciende. Y, sin duda, por eso incomoda tanto.

Unas de las actividades humanas con más potencia humanizadora y, por lo tanto, transformadora, son la educación y la cultura. En realidad, la experiencia educativa es siempre una experiencia cultural, una posibilidad de colocarse y entender el mundo y nuestra relación con él.

Hombres y mujeres, niñas y niños, necesitamos de la cultura como del aire que respiramos. Necesitamos la cultura, ahora tanto como siempre, para resistir ante los hechos que intentan alienarnos hacia un lado monótono y gris. Necesitamos ejercer nuestro trabajo cultural, establecer nuevas relaciones con las prácticas artísticas, compartir experiencias formativas y creativas y tantas otras más no sólo para seguir resistiendo, sino también para ensanchar los márgenes de libertad de unas comunidades que sufren de opresión, intimidación, negación y humillación por la cada vez más desfachatada arrogancia de la lógica neoliberal. Porque la cultura no ayuda a sobrevivir, sino a vivir. La cultura no es un arma de lucha en contra de sino a favor de. La fuerza de la práctica cultural está en su capacidad para nombrar, significar, construir y proponer formas otras de existencia. Y lo hace junto con, siempre en relación. El trabajo cultural es aquel que no sólo se opone a la reducción de oportunidades de acceso a la creación y al disfrute –que no consumo- de prácticas culturales, sino que al mismo tiempo abre horizontes, teje vínculos y sostiene experiencias de vida dignas.

En efecto, frente a la desorientación que presenciamos en nuestra actualidad, una desorientación que no es de no saber qué es lo que nos duele sino que se refiere más a la dificultad o impotencia que sentimos para dibujar deseos y proyectos colectivos de futuro, la cultura es, una vez más, nuestra aliada. En situaciones como las de nuestro presente es cuando la necesidad de pararse a pensar es más apremiante; es ahora cuando los interrogantes que nos planteemos deben afinarse bien para así poder caminar mejor hacia sus respuestas, sea encontrándolas en la historia ya vivida, sea inventándolas.

Ante la situación de estrechamiento de espacios colectivos abiertos a la diversidad de personas con las que compartimos el tiempo y el espacio de vida, es interesante dar cuenta del movimiento de creación y sostenimiento de perspectivas y actividades orientadas al fomento y dignificación de propuestas educativas interesantes en cuanto a su capacidad de inventar, generar y articular experiencias humanizadoras. Son propuestas y reflexiones ocupadas en buscar de qué manera pueden acompañar los procesos de ser y de pensar críticamente, y de poderlos hacer junto con. Sin perder de vista nuestra dimensión social, que el desarrollo de cada quién no puede suceder al margen del resto de sujetos y del entorno, sin los cuales la vida perecería sin remedio alguno.

Precisamente, el propósito de este número de Rizoma Freireano es el de dar a conocer algunos de estos faros referentes y cómplices para el proyecto colectivo de transformación. Y es por ello que me alegra tener la oportunidad junto con vosotros y vosotras de leer la disparidad de voces que nos cuentan sus experiencias. Tengo ganas que los textos me cuenten qué han ideado, cómo lo han pensado, cómo lo hacen, qué les ocurre, para qué están haciendo lo que cuentan... Me apetece mucho saber de ellas porque cuando me llegan a los oídos o a los ojos relatos distintos a lo que ya conozco siento que de alguna manera estoy ahí también, siento cómo late un vínculo que hasta ahora había sido invisible, siento como algo inasible me recorre el cuerpo irrigándolo de nueva energía. Yo también podría vivir algo parecido, pienso. Porque su proceso humaniza el mundo, me humaniza, porque representa un proceso de emancipación singular y común que, en cierta manera vuelven a pensar las relaciones entre saber y emancipación en las prácticas educativas que afirman la libertad y, además, la potencia de aprender por sí mismos, unas de otras, en los diversos ámbitos de la cotidianeidad de los seres humanos.


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