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N. 7 • 2010

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Película: N'dem • Serena Sartori
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N’Dem: Buganvillas sobre la arena, Espiritualidad, amor y trabajo en la raíz del auto-desarrollo

Serena Sartori
Dahra de N'Dem- Senegal
Febrero de 2009

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Hace cuatro días llegamos aquí, de vuelta de S. Louis donde tocamos con las manos la atrocidad de la condición de los jóvenes de este país y de este continente.

Aniquilados por la indigencia, por la impotencia y por la perdida de esperanza en un futuro posible. Un síndrome agudo, debido al encadenamiento de violencias sufridas durante siglos de colonización y neocolonización y a las constantes falsas promesas de un gobierno corrupto y mentiroso. Un síndrome dolorosamente agudizado por los encuentros con los europeos presentes en el país por diversas razones, demasiado a menudo arrogantes y desdeñosos con la población local.

En estos pocos días de vacaciones hemos encontrados jóvenes senegaleses extraordinarios y orgullosos, atrozmente concientes, que intentan encontrar soluciones en las playas de S. Louis, antigua capital a la orilla de uno de los mares más ricos en pesca del planeta pero invadido por barcos japoneses, árabes y otros, con derecho de pesca gracias a acuerdos con el gobierno, en detrimento de la población local de pobres pescadores.

Estos jóvenes que rechazan abandonar el país han creado pequeños puntos de restauración a la orilla del océano bajo techos de paja y bancos creados con la madera carcomida de los naufragios. Lugares especiales para turistas especiales como nosotros, donde sobreviven cocinando pescado, ofreciendo una taza de café y un poco de sombra frente al océano.

Hemos pasados tardes enteras en la playa escuchando confesiones y afligidos desahogos de jóvenes que nos han estremecido dolorosamente con su sorpresa feliz al encontrar europeos amables, cuidadosos y curiosos. Experiencia que, según ellos, es cosa rara.

Ha sido todo un ofrecer pequeñas cosas y han llegado a rechazar, ellos que conocen la más extrema de las pobrezas, el pago de un café, de un collarcito:

“No, pour gens comme vous c’est la teranga”.

La “teranga” es la famosa hospitalidad, orgullo de Senegal, que sin embargo hay que merecer.

¿Y que hemos hecho nosotros para merecerla?

Nada más que escuchar, contar, preguntar, puede que comprender, y respetar, estar juntos. He visto las lágrimas en los ojos del joven Babacar cuando ha visto negar el saludo y rechazar el café que estaba ofreciendo a una pareja de jóvenes franceses que con un gesto lo han echado para atrás.

¡Echado para atrás!

Aquí en su tierra, en su rincón acogedor ensamblado con orgullosa esperanza frente del océano.

“C’ètait seulement un bonjour chez nous, je ne suis pas un chien....

Les dice desconsolado, pero los dos jóvenes ya le dan la espalda.

Al principio siento que me retuerce una rabia antigua frente a tanta arrogancia, pero después intento comprender... puede que lo suyo sólo sea miedo, miedo de ser asaltados por la mendicidad, por ofrecimientos de todo tipo, miedo por ser considerados solo unos ricos “tubab” (blancos).

Comprendo, yo también a veces siento el mismo temor de sentirme sólo una portadora de dinero fácil, pero nadie tiene el derecho de llegar a estas tierras sin enfrentarse también a este miedo, nadie tiene el derecho de viajar para unas tranquilas vacaciones a un lugar donde la gente muere de hambre, donde la gente lucha por un desesperado intento de un futuro digno, sin emigrar, sin abandonar su propia tierra.

Una sonrisa, un saludo, a veces un abrazo, no cuestan nada y sin embargo parecen costarle cada vez más a esas caras pálidas que buscan la tranquilidad de la contemplación en un rincón magnifico de océano “sin contaminar”.

Por la tarde, Hassan, un amigo de Babacar que anda con una pequeña bolsa llena de collares y gargantillas, se sienta con nosotros, no nos abre la bolsa sino su corazón y empieza a hablar y hablar, como un río entrega un dolorido pedazo de alma a estos dos “vieux tubab” que parecen comprenderlo, que parecen tener ganas de escucharlo.

“... esto se ha vuelto un infierno para nosotros, sin futuro, sin esperanza, un gobierno corrupto que quiere vender nuestra costa a los franceses... mañana llegan empresarios franceses, puede que el hijo de Mitterand, están prometiendo la reconstrucción del puente tambaleante de S. Louis, ¿pero qué quieren a cambio? Las playas, nuestras playas, esta playa que es mi casa, nuestra casa - mientras habla y habla oigo de fondo el ruido de las olas de este océano magnífico que parecen comentar lo que este chico con el rostro oscuro, bello y esculpido está diciendo - ¿y nosotros? Para trabajar traen a su gente o a gente de Dakar, recomendadas por este o aquél, para nosotros no habrá trabajo sino sólo más miseria y también la pérdida de este rincón, que es nuestra vida, que es nuestra única riqueza - y con un gesto desconsolado muestra la larga y esplendida playa casi desierta, las sombras de los techos de vieja paja consumida por la sal, los bancos recuperados de pedazos de madera carcomida por el océano, el fuego con la eterna ollita de café y su amigo Babacar que asiente en silencio - ... yo no quiero partir, quiero a esta tierra mía donde he nacido, mi mar... pero de esta forma no puedo ni siquiera casarme, tener hijos... ¿crear más hambre, más desesperación? Nos queda la fe, la fe para no volvernos locos, nos agarramos a nuestra historia, a nuestros santos, a nuestras prácticas religiosas para decirnos a nosotros mismos que existimos y que podemos esperar, creyendo con todas las fuerzas que nos queda en otra dimensión donde todo esto sea premiado...”

Habla y habla aún más, y cuenta de sí mismo, de su familia de pescadores que no entiende porqué a los veinticuatro años todavía no ha creado ni una familia ni hijos, una cruel y extraordinaria lucidez le hace brillar los ojos con una luz febril hasta el atardecer, cuando con una sonrisa luminosa nos dice:

“Merci, merci, gracias, me ha sentado bien abrir el corazón a alguien que comprende, me ha dado más fuerza, ¡volved!¡Volved!¡Necesitamos gente como ustedes!”

¿Gente como nosotros?, ¿Que hemos hecho nosotros en este lugar? ¿Regalado tiempo y escucha a quienes nadie se los da, a unos jóvenes que sólo quieren vivir con dignidad en su tierra?

¡Pero si ellos mismos nos han regalado cariño, calor, vida, juntos en la sombra, con los cafés hirviendo en el calor, el olor agudo de su mar cuya visión nos ha sido ofrecida como una perla rara!

Con ellos hemos vivido momentos de intensa humanidad, a los cuales esta desesperación no ha quitado ni sonrisa, ni risas, ni ganas de estar juntos, de regalar. Una humanidad densa y espesa que ilumina cada lugar común y nos obliga otra vez a reflexionar sobre nosotros mismos, nosotros que allá nos lamentamos de la ¡“perdida del poder adquisitivo”! Adquisición de cosas y cosas y cosas cada vez más engañosamente necesarias mientras nos estamos empobreciendo espantosamente de la capacidad del estar, amar, contar, proyectar juntos y juntos cultivar el agridulce sabor del vivir.

Hemos intentado hablarles de N'Dem, de aquel lugar de esperanza activa en que N'Dem se ha convertido, un ejemplo de desarrollo autóctono, digno, creativo, extraordinario. Han prometido ir allá y conocer algo de su tierra de lo que enorgullecerse.

Ahora estamos aquí de nuevo entre las “cases” (pequeñas construcciones de ladrillos artesanales de adobe) blancas del Dahra de N’Dem.

A 130 Km de Dakar, a 15 Km de carretera de tierra roja de la ciudad de Bambey, en la región seca de Djourbel. En el límite del borde árido del Sahel.

El Dahra es la aldea espiritual que acoge a la comunidad Bay Fall, cuyo guía es Babacar Mbow.

El Dahra está separado de lo que es la aldea sólo por una cerca de paja.

Las escuelas, el dispensario médico, los talleres de artesanía, la torre del acueducto y muchos sitios más son comunes.

En el Dahra viven unas treinta familias que suman un número aproximado de un centenar de personas: una comunidad sufi hoy protagonista de uno de los proyectos de desarrollo autóctono, fértil e innovador, más interesantes de toda África.

El sufismo es la corriente del misticismo islámico, corriente esotérica que lo impregna desde sus inicios. El sufismo (de tasawouf, vestido de lana gruesa llevado por los primeros sufis, el hábito sobrio de los que relativizan el aspecto material de la existencia) ha atravesado los siglos constituyendo el corazón de las no muchas hermandades tradicionales.

Son comunidades que a menudo han alcanzado dimensiones transnacionales y cosechado millones de fieles desde África hasta el Lejano Oriente, fundadas por un santo, que ha permanecido como punto de referencia inoxidable, iniciador de una larga estela de Cheikh (maestros afiliados) que mantienen vivo el espíritu y acogen en la turuk (hermandad, pero más propiamente Vía o Camino) al creyente que se muestre preparado y disponible.

Aquí en N'Dem en febrero el calor se hace sentir en las horas de canícula pero es soportable, por lo demás la temperatura es aceptable y por la mañana y por la noche hace un fresco extraordinario.

Alternamos los momentos de descanso forzados por el calor con los extraordinarios momentos de encuentro.

Los muchos tubab (blancos) que aquí se relevan en un cruce de encuentros, intercambios y planificación son a menudo personas excepcionales, llenas de inquietudes fértiles, conciencias e ideales que se vuelven práctica... ¡no es por azar que están aquí!

Unos para sostener un nuevo o viejo proyecto de desarrollo de las muchas actividades, que son las ramificaciones de la existencia en este lugar, otros para echar un cable en los talleres de artesanía, o para documentar con fotos, video, películas, o para hacer formación a varios niveles: agrícola, estilístico, informático, medico...

Y hay quienes sólo vienen para conocer este lugar del que tanto han oído hablar...

Y el gran constructor de la fuerza de estos encuentros es Sergine (este es el titulo de los guías espirituales) Babacar Mbow, marabut, guía espiritual, coordinador, ideador y cemento de la fuerza de este lugar.

Dos grandes ojos carismáticos y luminosos, una sonrisa serena y alegre en un rostro oscuro y esculpido, un tejido azul que le cubre hasta los hombros los largos dread grises, un bou-bou azul que le cubre el cuerpo delgado siempre en movimiento, una voz profunda con la que pasa del wolof al francés culto de los que han estudiado en Francia, y a frases en inglés cuando es necesario.

Su presencia transforma cada almuerzo alrededor de platos compartidos, a la sombra de techos de paja, en un momento de profunda comunicación y reflexión. A pesar de los muchos años que hace que nos conocemos no deja de sorprenderme su capacidad de interesarse por todo y por todos, de prestar atención a cada uno y a cada cosa.

Llegué aquí por azar la primera vez en 1997, en una gira senegalesa del espectáculo italo-suizo-burkinabé “La Nuit d'Orphèe” del que había cuidado la dirección. El cantor senegalés que trabajaba en el espectáculo nos propuso hacer una etapa en un pequeño pueblo donde algunos amigos gestionaban un proyecto de desarrollo muy particular.

Así empecé a conocer la historia de este lugar que ya se ha vuelto leyenda.

Hace más o menos veintiséis años, después de varios años de exilio político en Francia, el joven estudiante Babacar Now decidió empezar un camino sobre las huellas de su bisabuelo Maam Samba, fundador y guía espiritual de la aldea de N'Dem. Durante su estancia en Francia el antepasado seguía visitando sus sueños, pidiéndole que volviera a su tierra para salvar la aldea atormentada y amenazada por la sequía y por el gran éxodo que sufría.

Después de un largo proceso de decisión Babacar decidió volver a N'Dem con su compañera francesa embarazada y con su pequeña hija de dos años.

Sin dinero, sin proyectos, con una gran fe reencontrada, un camino espiritual emprendido en la vía Bay Fall.

Los Bay Fall (literalmente Padre Fall) son una hermandad Mouride y el Moudirismo es una de las tres corrientes del Islam senegalés.

El fundador de este camino particular es el Cheick Ibra Fall, discípulo del gran Santo Mouride Check Amadou Bamba, idolatrado por una gran parte de los senegaleses en su ciudad Santam Touba, hoy considerada la Meca de África.

Los Bay Fall se diferencian del Islam canónico por sustituir los dogmas islámicos (las cinco oraciones con abluciones, el Ramadam, el viaje a la Meca...) por la mística del trabajo.

Trabajo como oración, como acercamiento a Dios.

Trabajo como dedicación, como belleza, como amor, como transformación, como elevación del espíritu.

Cuando los jóvenes Babacar y Aissa y su pequeña hija Jamila llegaron a N'Dem, no entraron en el pueblo por discreción, sino que construyeron su choza un poco alejada, entre los arbustos áridos, cerca del gran baobab plantado por el bisabuelo, fundador del mismo pueblo.

Querían retirarse en la contemplación y en la oración - dice hoy Babacar - pero el Gran Plan no era ese.

En la aldea sólo habían quedado mujeres, viejos y niños.

Los hombres, los jóvenes, todos se habían ido a Dakar o al extranjero, en busca de algún trabajo para mantener a la familia.

La aldea de N'Dem estaba destinada a desaparecer de verdad.

Luego, poco a poco, las mujeres de la aldea empezaron a acercarse a esa extraña pareja, pidiendo pequeños consejos sobre todo relacionados con la salud de los niños, siempre en peligro, para hablar de su desesperación.

Así empezó todo: primero un lazo de confianza y luego una Asociación con las mujeres para dar pequeños pasos para mejorar aquellas condiciones terribles en las que vivían.

El primer paso fue encontrar a alguien que financiara la perforación de un pozo para obtener agua saludable.

El agua, la fuente de cada cambio y esperanza en las tierras de sequía.

La única agua que había era la del viejo pozo en el centro de la aldea, un cubo con una cuerda tirada por un burro y recogido por las mujeres. Agua mejor se encontraba sólo a 5/6 Km andando y llevando los recipientes sobre la cabeza. El agua de N'Dem era agua salada que volvía los dientes negros, quemaba las cosechas y quitaba la sed sólo si se hervía.

Cuando finalmente una ONG francesa financió el forage y construyó la cisterna para el agua, en seguida se abordaron las urgencias de la colectividad.

Pronto se creó el taller de tejidos y couture artesanal Maam Samba, con la construcción de dos pequeñas estructuras de ladrillos de adobe pintadas de blanco y con el techo de uralita cubierto con paja, un poco alejadas del Dahra y de la aldea, al lado del gran baobab.

En este primer taller se empezaron a teñir los tejidos tradicionales de algodón a rayas trabajados en el telar, con colores naturales y químicos, y a coser y confeccionar los productos.

A raíz de la creciente actividad del taller lograron fundar la Association des Villageois de N'Dem, que aglutinó al principio decenas y después centenares de personas hasta llegar hoy en día a casi 4000 con la implicación de otros 15 pueblos, transformándose en ONG.

Gracias a las primeras ganancias se creó en seguida un dispensario medico para atención básica en primeros auxilios, ya que el único que había estaba en Bambey a 30 Km de pista.

Una escuela primaria para ofrecer una instrucción a niños o chicos a menudo analfabetos. La única escuela de la zona estaba a decenas y decenas de kilómetros de distancia.

Pero quedaba la necesidad de ofrecer trabajo.

Hacer que los hombres volviesen, volver a dar una identidad a una población agrícola y sedentaria.

Nacieron entonces los primeros talleres de artesanía con materiales diversos (cuero, madera, hierro, mimbre...).

Las pequeñas cases blancas se volvieron un aglomerado con una ferviente actividad.

Los tejidos tradicionales de algodón del telar fueron recreados a la luz de la cultura Bay Fall. De hecho es costumbre de esta hermandad vestirse con tejidos que definiríamos patchwork y que ellos llaman “gniaxass”.

Parches de colores distintos que componen tejidos arco iris. Los parches como símbolo de pobreza y renuncia.

Partiendo de una idea de Assia y de su madre Geneviève que trabajaba en artesanía en Francia, se introducen en Europa los primeros tejidos de N'Dem hoy día muy famosos.

Tejidos teñidos a mano por las mujeres de la aldea con colores brillantes reunidos con buen gusto, tono sobre tono y compuestos por formas geométricas para dar vida a mantas, cubrecamas, ponchos, cojines... Mercancía que provoca un creciente interés en el mercado solidario, y no sólo solidario, europeo.

Y los primeros hombres empezaron a volver para ocupar los primeros puestos de trabajo.

Babacar empieza a comprender cual es la tarea para la cual ha sido llamado: empieza a proyectar atreviéndose más y más, poco a poco el Dahra se puebla de gorial (discípulos), colaboradores y trabajadores, y se construyen nuevas casas para acoger a las familias que se están formando.

Empieza a crearse trabajo en los talleres para unas cuarenta personas y el trabajo empieza a implicar a las aldeas cercanas. Por un lado se tejen con el telar diversos tejidos, por otro se empieza a trabajar el barro para hacer vasijas y objetos, en otros lugares se cultivan calabazas (que luego serán decoradas o usadas en la cocina), y en otras aldeas se empieza a proponer una colaboración agrícola en el proyecto.

Babacar empieza a interrogarse sobre la identidad de la población del lugar y empareja la artesanía con la cultivo de la tierra.

Busca establecer colaboraciones con diferentes ONGs que tratan el cultivo en tierras desérticas y comienza la producción para satisfacer las necesidades del Dahra y de la misma aldea.

Un crescendo de actividades de las cuales brotan otras hasta la amplitud del proyecto actual.

Mientras escribo miro la vieja botella de plástico, opaca por el uso, que tengo enfrente y que nos han traído. Agua para beber poco a poco, agua bendecida por el viejo marabout huésped del Dahra. Para sanar más de prisa, dicen, de una convalecencia debilitante.

Serigne Babacar, con la acostumbrada agudeza tajante, después de que nos la diera, ha pasado liviano como siempre y con una sonrisa calurosa nos dice:

“... yo sé que para ustedes las oraciones son una cosa distinta de lo que son para nosotros... pero esto es en lo que nosotros más creemos y es esto que tenemos ganas de regalaros para compartirlo con ustedes, en nombre de la gran amistad y del amor que sentimos y que nos ata con fuerza desde que nos hemos encontrado...”

Y éste es el lenguaje que yo puedo comprender con profundidad en lugares como éste, donde vivo en un columpio continuo entre la profunda intimidad familiar y la total y desorientadora extrañeza.

Luego Aissa, su mujer, antes francesa y ahora senegalesa de piel blanca, su compañera y pilar de este lugar, en el calor del final de la mañana, alta, delgada y elegante con su vestido de parches multicolores, los larguísimos dread rubios todavía cubiertos por un tejido con los mismos colores, ha acompañado hasta nosotros al viejo marabut.

Un viejo hombre pequeño y con la piel más clara que los demás que aquí viven, la barba y el pelo blanco agitados bajo un sombrero redondo y dorado, con un gran bou-bou blanco, una extraordinaria paz en el rostro arrugado y en los ojos infantiles.

Se ha sentado en un sillón de madera azul hundido en la arena, a la sombra de la gran casa “penku” (sol que amanece) que yo misma he hecho construir hace años en el Dahra y donde ahora somos huéspedes.

Él sentado, y nosotros obviamente acabamos arrodillados frente a él como los demás para recibir sus bendiciones, con la tenue traducción de Aissa que al mismo tiempo nos instruía sobre los gestos a cumplir.

Con las manos formando una copa hemos recogido sus tenues palabras:

“... yo no puedo hacer nada por vosotros, por vuestra salud, pero vosotros si, debéis rezar a aquello en lo que creáis y dejar descansar el desorden que la enfermedad ha creado...”. Luego ha escupido sobre nuestras palmas abiertas su “Baraka”, su santidad, murmurando oraciones.

Gestos antiguos como su piel avellana, agrietada como madera carcomida y las viejas perlas de sus ojos claros, opacos por el glaucoma.

Aissa, siempre en voz baja, nos indicaba los gestos como “lavarnos” la cara con su “Baraka”. Otra vez heme aquí – yo, agnóstica, laica convencida - acallando mi conciencia crítica siempre lista para escuchar el cuchicheo petulante de la razón.

Quiero vivir el momento tal como es, un regalo de gente a la que quiero y a las cuales llevo atada desde ya muchos años por una profunda estima y admiración.

Es un acto de amor simple y transparente que me permite conocer una dimensión en la cual sería extraña.

Y me reputo una vez más afortunada por haber encontrado, en esta búsqueda sin fin, lazos tan extraordinarios que me obligan a poner constantemente en discusión certezas y prejuicios.

En el caso de N'Dem, la máxima marxista de la religión como el opio de los pueblos cae en contradicción. En este lugar, ésta significa un despertar lúcido y activo hacia un desarrollo digno, de trabajo, de colectividad, de generosidad y creatividad realmente extraordinarias, en un contexto en el que no es verdad la pretensión de “evangelizar” o “islamizar” a nadie.

La vía sufi al Islam es la puerta a la universalidad de las creencias y a la centralidad del amor.

Amor en el sentido místico, entendido como paz, tolerancia, armonía, comprensión, unión, dedición al otro.

Estoy conmovida, como siempre me pasa frente a la inocencia de la mirada de ese viejo, la inocencia del que no tiene dudas sobre lo que nos une.

Considero esta agua un verdadero regalo que no tomaré, por respeto a los que creen.

Aquí en N'Dem no hay una frontera entre una dimensión y la otra.

En el almuerzo, con Babacar y Aissa, bajo el tejado a la sombra, un calor cegador todo alrededor, la arena ardiente, el plato grande en medio de todos los que están aquí, cada vez distintos, sus dedos nudosos que rápidos desmenuzan la comida, dejando para nuestro lado los bocados mejores. A cada comida, actos de regalo e historias, los recuerdos cruzados de nuestras vidas de alguna manera parecidas.

“... estamos en la misma vida” dice Babacar “... nosotros y vosotros, y nuestra amistad es una vertiente valiosa también en la distancia, también en el silencio de lo que no nos decimos... en los momentos de dificultad saber que estáis es para nosotros motivo de fuerza...”.

Lo escucho, sorprendida por la profunda sintonía.

Cada una de las palabras que dice podría decirla yo por lo mucho que se corresponde con lo que siento cuando estoy en Europa.

Mientras habla y cuenta, acompañada por su voz profunda miro las cases a nuestro alrededor, cuadradas, blancas, pequeñas y menos pequeñas, con coberturas de paja que cubren la toiture de zinc, cada una con una pequeña cerca de buganvillas y arbustos regados cada tarde con el agua que se recupera. Las cases están rodeadas por la arena cegadora apenas más allá de la sombra que nos protege y desde las ventanas azules ondean en la brisa cortinas livianas de tejido de velo Malikan con los colores magníficos de N'Dem, naranja, azul, morado, verde.

Miro estas increíbles buganvillas variopintas en armonía con las cortinas, plantas verdes, arbustos florecidos, árboles siempre verdes, agave, aloe vera, cultivados en decenas y decenas de macetas (se esta estudiando un nuevo sector de producción).

Flores y árboles, testimonio del milagro de este lugar arrancado al desierto; una pequeña copa de barro grueso contiene el agua que beberán unas aves de un extraordinario azul esfumado, alrededor pasean yeguas indolentes y delgadas con sus potros, grupos de corderos hambrientos vagan llamando a las madres, lejanas en los pastos hasta la noche.

Gritos agudos de pavos reales y aves que vuelan por todas partes atraviesan el espeso silencio, parece que casi todas las aves del Baol hayan venido aquí porque saben que serán acogidas con agua, migas y amor.

Armónicamente entrelazada a todo esto, rebulle hoy una comunidad de casi un centenar de hombres, mujeres, niños y adolescentes que trabajan y trabajan sin pausa.

Arlequines del desierto (como les llaman a veces) vestidos con parches variopintos, el pelo entrelazado en espesos dread, los Bay Fall trabajan sin pausa ya que en la dedicación al trabajo reside su devoción mística a Dios.

A veces también en el día alguien, trabajando, canta un ronco sikkhar, el cante estático de los diversos nombres de Allah.

“Ora et labora...” ¿Quien era? ¿S. Francisco? No, pero es el la comparación que siempre me asalta. Una pobreza franciscana pero sin el sentido del sacrificio y del sufrimiento. Una pobreza alegre, me atrevería a decir.

Babacar sigue hablando en un francés fino y culto, alternando reflexiones espirituales con otras sobre política económica internacional, preguntas y cuentos. En sus palabras aparece a menudo la palabra amor. El amor del que habla es el motor de este extraordinario lugar y de sus innumerables proyectos. Él mismo parece estar hecho de pasta de amor. En cada momento, el responsable del proyecto del que dependen ya miles de personas, guía y maestro siempre disponible para cualquiera y siempre presente para cada problema, encuentra el tiempo para recoger alguna flor para regalar, o para que encuentres fuera de tu puerta una bebida fresca, o para pararse con un abanico de paja en las manos con el que abanicar, como ahora, al que está a su lado.

Lo miro durante el día mientras anda hablando, aconsejando, resolviendo, entre el Dhara y sus Gorial, el Bureau y sus ordenadores, la aldea de al lado, los talleres, las expediciones para controlar, la boulangerie (la panadería) recién abierta y para perfeccionar, la huerta biológica que controlar con cuidado, la pequeña fabrica de combustible biológico (boulettes de una mezcla de arcilla y cáscara de cacahuetes) con la que está abriendo una nueva actividad laboral y comercial.

Lo veo al lado de Aissa, mientras en voz baja discuten sobre soluciones y responsabilidades que cada uno asume o elaboran nuevos documentos.

Atareado, pero siempre extraordinariamente atento a las pequeñas necesidades de cada uno, de un niño que llora, de una pelea entre adolescentes, de los muchos huéspedes extranjeros y a lo que podrían añorar.

Los ojos oscuros parecen abrazar cada cosa con una conciencia rara.

¿Donde estamos?

Conozco bien a los Bay Fall que vagan pidiendo limosna en el centro de Dakar o muchos de los emigrados a Europa, que a veces se enrocan en sus uniformes extremos, grandes vestidos rasgados, enormes cinturones de cuero, vistosos collares de madera y cuero para las oraciones, enormes retratos de sus marabut o de su Santo colgando del huello, fumando hierba, bebiendo a pesar de los interdictos, y sin embargo con móviles sofisticados, relojes modernos y gadgets de todo tipo.

Adolescentes nómadas que esconden detrás de una fachada mística su incapacidad de asumir responsabilidad y trabajo.

Pero aquí todo es distinto.

El Baol, la zona donde está N'Dem, es y sigue siendo tierra desesperada, una desertificación maldita que avanza a una velocidad escalofriante y está obligando al éxodo a las jóvenes generaciones.

Donde hace poco más de veinte años había una selva y animales salvajes, ahora hay un montón de escasas mala hierbas quemadas, algunos baobab, muy pocos árboles y arena ardiente que se alterna con tierra roja y seca.

Sólo en la temporada de lluvia (donde llueve de forma abundante, cosa que a menudo ya no pasa) parece que la naturaleza grite su vida escondida debajo de la arena, hierba y verde explotan por todas partes escondiendo aldeas, chozas y pistas.

Donde hay cultivo de mijo, de cacahuetes, todo crece a una velocidad endiablada, como si explotara el poco tiempo de agua a disposición.

Pero el hambre está al acecho siempre y para todos.

Hace dos temporadas casi no llovió - me dicen - nada de mijo, que es uno de los pocos recursos locales y, como si no fuera suficiente, hubo una invasión de saltamontes que no dejó en su camino ni la sombra de una hoja.

Y es aquí, en este contexto que ahora logra vivir, trabajar, cuidarse y hacer que sus hijos estudien, una población de unas miles de personas de 14 aldeas limítrofes.

Aquí, donde se crea y se produce en cantidad la magnifica artesanía que ha vuelto famoso N'Dem en África y en Europa.

Aquí, donde se está desarrollando el cultivo gota a gota para las necesidades de la aldea y para la venta en los mercados cercanos.

Aquí, donde el actual dispensaire medico, cuidado como un pequeño hospital, con cuatro camas para las urgencias y cuatro para la maternidad, limpio y con estructuras, fármacos, una caja para los gastos sanitarios autogestionada, enfermeras y matronas formadas, está acogiendo y cuidando de los habitantes de un área de treinta aldeas y cuando es necesario transportando a los necesitados al hospital de Thiès a 70 km, con una ambulancia entregada hace poco por la Cruz Verde de Padua gracias a un amigo médico italiano.

Aquí se han abierto una acogedora y alegre escuela infantil, una escuela primaria, un colegio y, desde este año, también el bienio superior con el comedor para los niños y los chicos que vienen desde las aldeas lejanas.

El comedor, una conquista inenarrable en África, donde a menudo se come solo una vez al día, está financiado con la venta de pequeños collares hechos por las mujeres de la aldea o con postales publicadas gracias a algunas ONGs belgas o francesas.

Aquí se busca encontrar soluciones simples e inmediatas a los miles de problemas, soluciones que sólo los que viven y trabajan aquí y pertenecen a esta tierra pueden encontrar, preservando los equilibrios ecológicos y culturales a menudo inaccesibles a los organismos internacionales.

Éste es el aspecto extraordinario de este proyecto.

Pienso en Bobo Dioulasso, la segunda ciudad de Burkina Faso, con más o menos 600.000 habitantes, donde en los últimos diez años he pasado tantos meses de trabajo y de vida, en sus calles llenas de jóvenes indolentes que malviven en una perenne espera, sentados al lado de fétidas cloacas a cielo abierto en las cuales juegan sus hermanitos, los que raramente sobreviven.

Pienso en la pasividad que acompaña a aquella miseria, una miseria que se intenta sofocar con ruidosas atmósferas, para no ver, para no escuchar, para engañarse y poder vivir hasta... puede que hasta mañana.

Tambores Djembè y Tamà y bailes que están perdiendo su extraordinaria fuerza tradicional para transformarse en una mercancía de mala calidad en venta para algún europeo que pase por allí buscando folklore. Un estrépito de radio y música constante para callar cada reflexión, cada elaboración, cada reacción frente a una situación que se vuelve sin esperanza. Una tierra de la que escapar de cualquier forma y a cualquier precio.

¿Que es lo que falta allí que aquí permite el milagro?

Fe, seguramente y en todos los sentidos, dignidad, esperanza... falta una guía como Babacar M'Bow, faltan las ganas y la fuerza y las herramientas culturales para volver a tomar las riendas del propio destino.

N'Dem no es ciertamente el paraíso, en los meses de verano el calor es tan agresivo que quita las fuerzas hasta por la noche, y el viento harmattan levanta despiadadas ráfagas de arena, enferma ojos y orejas y seca la piel hasta agrietarla.

Luego, después de las lluvias, está al acecho la malaria que agota con fiebres a grandes y pequeños.

Aquí en N'Dem la electricidad llegó hace sólo tres años y, fuera del trabajo y de la nueva Oficina de Coordinación, finalmente bien informatizada, se utiliza con mucha parsimonia.

La comida para todos, gente de la comunidad, trabajadores de los talleres, huéspedes, se prepara en la cocina al aire libre en grandes cacerolas por las mujeres del Dahra que se turnan en esta tarea. Una comida esencial servida en grandes platos redondos alrededor de los cuales se forman grupos, la gente del lugar con los muchos huéspedes extranjeros, dos veces al día, a mediodía y por la noche.

Gracias a Aissa, la alimentación está estudiada para conjugar al máximo ahorro y elementos dietéticos oportunos, y lo más completa posible, en la cual están a menudo presentes el mijo cultivado en los campos del Dahra y los cacahuetes. Falta desafortunadamente fruta fresca y la única verdura presente es la que se cultiva en el lugar y muy de vez en cuando se compran alimentos en el mercado de Bambey.

Pero por la noche acontece el milagro del fresco y, cuando hay luna, una luz de plata cegadora de reverberos luminosos sobre la arena blanca, que bajo los pies desnudos, está ligeramente humedecida por el riego de las plantas.

Por la noche los encuentros entre los huéspedes y la gente del Dahra se realizan en este marco casi onírico, sentados en circulo sobre las nattes (esteras de paja trenzadas), acorralados por el silencio del desierto, interrumpido por algún lamentoso rebuzno, el aire perfumado por plantas y flores cuidados como criaturas, murmurando para no interrumpir la extraordinaria paz de este lugar, y los murmullos cuentan, comentan, informan, comparten en varios idiomas y a raras profundidades.

Todo aquí se vuelve esencia, y la elección de la pobreza tiene aquí una serenidad y una luz particulares.

En la oscuridad más lejana, detrás de las cercas, se oyen risas, gritos de niños que juegan y una alegría liviana.

Por la noche a menudo, en el primer patio, el de la entrada, se forman grupos de canto oración y poco a poco las mujeres y los hombres del Dahra dan vueltas en círculos ritmando con el cuerpo y gritando los cantos de Allaillallha, y el nombre de Dios se vuelve en sí mismo oración estática.

Siluetas oscuras, en las que brillan sólo los ojos y los dientes de la boca abierta en el canto lanzado al cielo y la mano como una copa detrás de la oreja, olvidados el cansancio y el sacrificio.

Por la mañana muy pronto, después del sikkhar de uno de los gorial, que para despertar da vueltas entre las cases con las primeras luces del amanecer, junto con el canto de los gallos, se oyen el batir de los morteros y el hurgar del ganado llevado a pastar a los hierbajos.

Después de un par de horas, el grito ritmado de “¡Bay Fall, Kewel!” anuncia el desayuno y se activa un bullicio creciente todo alrededor.

Con el fresco de la primera mañana cada uno se dirige a su tarea cotidiana, con la serenidad de quien sabe que está trabajando para sí mismo y para los demás y para un proyecto extraordinario en su propio país, que está ganando un sueldo, aunque mínimo, con el que mantener con dignidad su familia, cosa que en África muy pocos pueden hacer.

Con la conciencia de estar proponiendo al mundo una manera distinta de perfilarse frente a las enormes y aparentemente insuperables dificultades.

La ayuda financiera y estructural del mundo “desarrollado” es ciertamente una condición necesaria en un continente donde la historia pasada y presente sigue infligiendo heridas muy profundas.

Todavía hoy en día el dominio oculto de los ex colonos, portadores de corrupción junto con los gobiernos cómplices, la explotación de los recursos, y la ocupación militar con ataques a la población que protesta contra las condiciones desesperadas (como en la historia reciente de Costa de Marfil) paralizan la posibilidad de un desarrollo realmente autónomo.

Pero desafortunadamente, demasiado a menudo, también la obra de las muchas ONGs internacionales y de las innumerables Asociaciones de voluntariado puede caer en las mismas lógicas que en teoría combaten.

Demasiado a menudo se entregan “ayudas” sin un profundo conocimiento de la compleja red de tradiciones, culturas, necesidades, creencias y las cosas no dichas que componen la naturaleza y la identidad de un pueblo.

Sólo una gestión autóctona ética y atenta que se ponga como filtro puede garantizar el sentido de estas ayudas, demasiado a menudo anuladas por la arrogancia de los que las distribuyen.

N'Dem es un ejemplo extraordinario en este sentido, un alto ejemplo de creación social.

Las ayudas de las distintas Organizaciones y Asociaciones son fruto de relaciones directas construidas con profundidad, confianza y amistad.

Son fruto de muchos encuentros a la sombra de la bache (gran tejado que sombrea las reuniones colectivas) de N'Dem.

Fruto de noches pasadas escuchando los cantos y conociendo la vida de la gente que vive y trabaja en N'Dem.

Fruto de muchos viajes de intercambio, conocimientos, debates, conferencias en Europa.

Serigne Babacar es un hombre conciente de los riesgos de la dependencia y cuida cada proyecto de forma que pueda posibilitar y madurar la autogestión local.

Cuida constantemente el crecimiento cultural, la formación, la responsabilidad.

Y quien conoce África sabe cuán ardua y difícil es esta tarea.

Sabe que es en este arrecife donde naufragan miles de proyectos.

Hoy N´Dem puede sufrir enormemente por la crisis que azota el mundo occidental. Los pedidos han bajado en un 40% y de la venta de la artesanía depende la estructura social de N'Dem y la supervivencia de los trabajadores y de sus familias.

Frente a la crisis ya se están buscando diversas soluciones. Y una espesa red de amigos y sostenedores en Europa, que con el tiempo ha dado prueba de válidas prácticas de economía social transnacional, se está movilizando para encontrar fondos que permitan la realización de un nuevo proyecto: la creación y apertura de un Centro de distribución y venta de diferentes productos, artesanales y biológicos, de N'Dem en Dakar.

Dakar es una ciudad repleta de presencias internacionales, africanas, árabes, occidentales, y encontrar una red de clientes local evita la dependencia exclusiva de los mercados europeos.

Un enésimo y valiente desafío para esta gente extraordinaria, que encuentra su fuerza en la confianza de la potencia del amor y de las relaciones. Una confianza bien puesta, como demuestran los veintiséis años de la milagrosa historia de este proyecto.


Traducción: Ana Ruiz Abascal y Loris Viviani