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La vocación de educar

Carlos Rodrigues Brandão

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Algunas palabras sobre el ejercicio del profesional de la educación

Las señales de vida estarían por todos lados.
Plantados entre la vida y la muerte y de nuevo la vida, ellos estarían por todos lados. Ya en ese entonces existirían las flores. Ásperas, duras flores de un tiempo anterior al nuestro. Ya en ese entonces, muchos milenios antes, la forma multiforme de la vida habría traído de las aguas movientes para el suelo de tierras las semillas de esos ancestrales. Seres de la vida entre el azul y el violeta, el rojo y el amarillo.
Los grandes saurios habrían desaparecido y, entonces, entre otros animales de gran dimensión el pequeño picaflor corría entre colores y olores fecundando la vida.
Entonces los seres de dónde venimos bajaron de los árboles y poco a poco, con mucho esfuerzo, se irguieron sobre las partes de atrás y miraran de frente el horizonte.
Cómo los animales que cazan, ellos tenían sus ojos en la frente del rostro. Pero, de una forma diferente, sólo ellos aprendieron a ver una misma imagen fiel con los dos ojos.
Ellos perdieron los instintos del jaguar, pero aprendieron a prestar más atención de lo que los ángeles.
Al cabo de muchos otros milenios, habrán reservado las manos para trabajos que hasta entonces eran desconocidos, y habrán aprendido, seres de cuatro patas, de pie sobre apenas dos, una rara, nueva y única postura del cuerpo.
Y entre los dedos, el pulgar se opuso a los otros dedos. Y por primera vez la vida generó una mano tan sabia como la mente que habría de crear a través de ella. Una mano olvidada de andar cargando el cuerpo, como los monos. Una mano sutil e interrogativa, para que hubiese toques de amor, ciencia y arte.
Y la arquitectura de la boca perdió poco a poco la ferocidad carnívora y se preparó para el milagro del habla.
En un ser que anda de pie, que mira con curiosidad, atención y sabiduría, que conquistó la libertad de los gestos, primero de las manos y, después, del habla a través de las señales sonoras de los símbolos, abriéndose el camino para la atención concentrada, la mirada inteligente y el gesto sin igual del pensamiento.
Un pequeño cerebro igual en el comienzo al de sus primos: los gorilas, los orangutanes, los gibones y los chimpancés, creció, aumento mucho y se volvió complejo y diferenciado. Y fueron necesarios más millones de años para que este lugar del pensamiento y de la imaginación aprendiese a pensar, a saber y a pensarse, a saberse pensando y a pensarse sabiendo. Y a sentirse sabiendo y a pensarse sintiendo. Pues allí fueron naciendo, como flores de la vida eterna: la memoria, el sentimiento del futuro, el deseo de compartir con los otros, el temor anticipado de la muerte, la devoción, el afecto templado por el pensamiento y el acto de pensar transformado en reflexión. Un día Gastón Bachear dijera:
estoy sólo, entonces somos cuatro. Y somos más, pues cada uno podrá ser la frontera del infinito.
La vida, consciente de sí misma en cualquier ser vivo, se vuelve por fin conocedora de su misma conciencia. Ella pasa de una conciencia refleja a una conciencia reflexiva.
Ella salta de la señal al signo y del signo al símbolo. Ella crea la cultura, ese modo natural del ser humano. A la Creatura que por fin emerge del sonido al sentido, y del sentido al significado; Y crea la palabra y establece el primado de la comunicación de los sentimientos a través de los símbolos culturales del vivir y del sentir.
De ahí venimos, y de esto somos.

I
Abuelos y nietos en medio de la noche

¿Cómo habría sido la noche tal vez olvidada de todos los recuerdos?
Una noche primitiva y ancestral en la aurora de la historia,
Cuando un pequeño ser vivo, un millón de años después llamado: “hombre”.
Llamó para un lugar más cercano de la hoguera encendida a su nieto
Y entonces, apuntando con dos dedos de la mano derecha una estrella.
entre muchas del cielo de julio, dijo por primera vez
su primer nombre. ¿Cómo habrá sido aquella noche?
¿Con qué gestos de un afecto rudo, pero llenos de una extraña luz,
más de lo que la hoguera, más de lo que la de las estrellas de invierno
habría ocurrido aquello un día… en medio de la noche?

¿Cómo habría sido, antes de mil milenios
otra noche, más olvidada aún en el silencio del tiempo
cuando un ancestral más antiguo aún de aquellos primeros hombres
descansó sobre los hombros de un niño el peso del brazo
y entre los movimientos de las manos apenas, y de la mirada
le enseñó por primera vez un pequeño secreto
en un tiempo en que debajo de los árboles y de las estrellas todavía ni siquiera existían las palabras, ni siquiera los nombres del mundo?
¿Cómo habría sido el dibujo de aquellos gestos sin voz
y tan humanamente sencillos que con la protección de los astros
el hombre y el niño se durmieron sin siquiera imaginar
que habían hecho allí el milagro de aprender-y-enseñar
para que el saber no muera, ni las personas, ni las estrellas?

¿Qué pájaros despiertos en la noche y que seres de los cielos
es que las flores nocturnas de esas en donde solo el perfume
ya vuelve tan lleno de misterios el mundo y la vida
habrán visto, una y otra vez , separadas por un millón de años
aquellos instantes fugases de la historia cuando, primero el gesto
y, después, la palabra, habrían creado la hazaña de inventar el cambio
entre los símbolos, entre los sentidos y entre los sentimientos del mundo a través de los gestos de la vida con conciencia y con saber?
transformados en aquello a que otros, durante tanto tiempo,
le dieron el nombre de educación, entre los hombres y los hijos de los hombres.

II
¿Cuándo un gesto enseña, qué se hace?

entre gestos de poder y amor: movimientos con las manos, balances de la mirada
algunos murmullos de palabras y las primeras frases cortas del pensamiento, viajando
entre infinitas mañanas y noches
y multiplicando muchas veces por mil la variación de los inventarios
de las formas de pasar de una generación a otra los secretos de la tribu
entre abuelas y nietas, de aldea a aldea, de una casa a otra
la educación invadió el planeta e hizo de los seres que nosotros fuimos: mujeres y hombres.
Porque de entonces en adelante, entre guerra y paz los seres que somos descubrieron
que valen muy poco el saber y la conciencia
si no existe entre las personas que por la noche se reúnen alrededor del fuego
el sentimiento colectivo de que todo sea compartido
y repartir, como el pescado y el pan, los gestos de las manos y de la voz
con el que aprende con el otro sus nombres y los secretos para amasar la harina
y asar la masa en el horno que alguien hizo cuando aprendió a hacer …
y con las mujeres y los hombres de las noches no recordadas de la historia
y por todos lados la educación su viaje lleno de luces y de sueños,
pero también de horas obscuras, horas llenas de tormento.

¿A lo largo del camino sinuoso de los montes y valles de la vida repartida como historia
que con otros días y otras noches primitivas
habrían sido testigos de las infinitas tramas de los misterios
donde, aprendiendo con la vida y con el alma a experimentar el hilo de la naturaleza
los hombres del mundo transformaron todo poco a poco
tocando el agua y la piedra con las herramientas de las manos y del espíritu?
Ellos…nosotros, frágiles señores de todo, hermanos del universo,
Seres por donde la vida alcanzó la conciencia: hijos del barro,
De la llama y de la carne, herreros de los signos, escribano de los símbolos
Creadores del tiempo de la cultura, que a todo dieron el rostro y el nombre
Y en todas las cosas firmaran con la señal de su poder:
Marcas del alma y la sangre de los sueños de los hombres.

Y entre todo: personas, palabras, signos, símbolos y sentimientos
Alrededor de las hogueras, dentro de las cabañas por las noches con mucha lluvia,
Tocando unos con las manos los cuerpos de los otros: aprendían-y-enseñaban
Y de nuevo, muchas veces, enseñaban-y-aprendían
Y así como hicieron las personas después de las primeras con los bienes
Que el trabajo cazaba, cosechaba, creaba y fiaba, y de entre todos algunos hacían circular
los rituales del saber. Y revelaban secretos
Y apalabraban el conocimiento y daban, como la carne o el pan, a los otros,
Para que la muerte no viniese tan pronto y los hijos fuesen más sabios
Que los padres y los nietos más sabios que los abuelos. Así fue.

“- cuando yo nací ya entonces los grandes peces habían pasado…
- ¿Y cuándo fue que tu naciste?
- ¡Después que los grandes peces habían pasado!”

Viviendo juntos siempre alguna forma de comunidad, experimentando el mundo
y tocando con los mismos gestos lo que vieron antes de tocar con otras manos
los hombres del mundo antes de nosotros aprendieron más que las lecciones que el mundo da
al ser rozado con amor y furia entre el cuerpo y el pensamiento.
Aprenderán más de lo que las lecciones que la vida abre a los ojos y ofrece
– de todos, la mejor maestra – porque además de la vida individual, pero a través de ella,
descubrieron las lecciones vividas entre unos y otros alrededor del calor de los cuerpos,
mirando con hambre los dedos del artesano y las manos del sabio
y murmurando bajito dentro del espirito las palabras que oían…
Eso, a través de lo que la vida se multiplica y transforma su calidad
al mirar la vida en sí misma con el pensamiento consciente
como la hija que aprendió con su madre y enseña a la madre
Eso, que realizado muchas veces pasa del gesto a la enseñanza,
de la enseñanza al saber y, compartido, del saber a la cultura.

III
Tan grande como todo lo que es humano es la educación

Como el suelo de tierra del clan tribal, en el mapa vivo de los señales de la aldea,
Dentro de las canoas, en el tablero de las primeras plantaciones de ñame o trigo
Siguiendo atrás los pasos de los adultos en las sendas del matorral,
Mirando en silencio a la madre haciendo una estera de paja, viendo, cómplice de un instante feliz, el padre pescando el pez.

¿Cómo habrán sido las niñas y los niños de las primeras tribus
De las naciones de los hombres sabían cantar las canciones y decir las oraciones
A las flores y a los dioses de sus mundos?
¿Cómo aprendían todos con el tiempo a deshilar el interminable tejido de los nombres y de todo
Y a descifrar la ecuación complicada de las categorías sociales de las personas
Con quien cada uno tenía que convivir: en su tiempo, a su modo?
¿Cómo aprendían los niños desde temprano quién era quién entre los otros:
Para convivir, para evitar, para jugar, para respetar, para cazar,
Para casarse, para temer, para parir, para esperar, para ayudar a morir?
¿Y cómo es que los misterios de la tribu eran desigualmente guardados
Antes de la escrita, en la efímera flor de la memoria del grupo
Y de una generación a la otra, entre muchas, atravesaban el sueño de los siglos?
¿Cómo se aprende a cantar con la madre una primera canción de niños
Y con los viejos a pronunciar entre balbuceos de oraciones
El nombre amado y terrible de los seres sagrados? ¿Raros nombres de amor y miedo
Que los mitos inmemoriales inventaron entre veranos e inviernos
Y sus ritos bailados entre palmas alrededor del fuego
Hacían con que todo fuese tan lleno de vida y de realidad?
¿Cómo será que del adulto al niño pasó muchas veces, en tantas eras y lugares
El poder de invocar el artificio de la magia, madre de la ciencia y su hermana?
¿Cómo fue que otro enseñó a otro los otros nombres de las mismas cosas
Y los de los espíritus de la vida con que la imaginación de alumnos y de maestros
Pobló por todos lados un alfabeto con un sin fin de significados: el fondo de las aguas
Y la obscuridad de la selva, el espacio azul y sin formas, el sol y la luna, el mapa
Interior de los árboles, el alma de los bichos, el camino de los vientos errantes
Y el mensaje del desierto?
¿Cómo un día alguien hizo una trampa y le enseñó a alguien lo que había en ella
Y por primera vez la maldad del hombre atrapó ahí a una ave amarilla?
Y, multiplicando entre el bien y el mal, el dominio del hombre sobre el mundo
Se transformó en poder y sabiduría. Y en los ritos que convierten la selva en un desierto
E después fructifican el desierto, y después lo destruyen, y después…

Pues como quien de todas las cosas conocidas sueña ser el dueño,
Pero tal como el niño, necesita a cada día aprender de nuevo cada paso
Del camino del conocimiento donde habita al mismo tiempo su alma y el universo,
Justo cuando el hombre, leyó y releyó por el hilo del tiempo las lecciones de convivir con el otro y el mundo; con los otros de su mundo y de otros;
Con los mundos de sus otros; con los otros de sí mismo; con sus mundos, otro.
Y para entonces transformar al mismo tiempo el mundo y a sí mismo
(Porque ya en ese entonces Prometeo había dado el fuego a los hombres…)
Según las imágenes de los sueños que todas las noches tenían los magos,
Entre momentos hermanos y opuestos de odio y de amor fraterno
Las personas de la cultura aprendieron a crear y a construir, a saber y a repartir
Como el sabio-obrero los objetos de su día: el arco y el cesto, las preces y la red,
El arado y el surco de la sembradora, los dibujos del pasado en el rostro del difunto, los collares y los brazaletes de las fiestas de los cuerpos de sus hijos.
Y, así, de muchas maneras, cada uno de acuerdo con su gramática de oficios
Entre todos, desiguales igualados, la tribu aprendió a hacer circular
De casa en casa los bienes del fruto del trabajo, las personas y los símbolos de los nombres.
Y de una puerta a la otra entre todos deberían pasar los seres de los cambios:
Peces, personas y parábolas…
Y, en cada cultura, todo iba hasta donde podía ir la educación
En un entorno de personas y saberes diferentes e iguales…
Pues hubo un tiempo en que, en nada diferente de una broma entre primos
O de un momento de ver juntos el rápido paseo de una estrella fugaz
O al trabajo rutinario que tres meses después multiplica por cien una semilla,
justo cuando la educación corría de mano en mano en el baile de cualquier gesto.
Y fue cuando ella ni siquiera tenía ese nombre y los yos dueños,
Porque entonces libre, suelta de las amarras de poseer señores del saber y del sentido
Como las flores que todos cogen y cargan para casa
Una educación solidaria maduraba el fruto que el saber sembraba.

IV
Fue cuando entonces…

Aquí y allí, por todos lados, cuando crecieron los bienes y los poderes
De los hombres de antes de nosotros, y los frutos del trabajo de todos
Multiplicó para algunos muchas veces las cestas de granos de cereales
Justo cuando hubo la sobra que no se gastó en la fiesta alrededor del fuego
Y el poder de guardar lo que ya no era de todos
Transformó el uso y el cambio solidario en la posesión y en el intercambio interesado.
Entonces, entre los hombres de la aldea-ciudad surgieron muros y soldados.
Surgió la moneda: lo que se acumula en los sótanos de los palacios y no se come
Y las personas del mundo empezaran a enseñar-y-aprender la peor lección.
Fue cuando unos fueron dueños del ganado y le tocó a otros el deber de vigilarlo,
Y amontonaron unos los montones de trigo que faltaban en la mesa de los otros,
Y muchos tejían en telares de lágrimas la ropa de pocos
Y sobre el suelo de los primeros mundos divididos entre los hombres
Se volvieron unos los dueños de la tierra, de las márgenes de los ríos y de los arroyos
Y fueron dueños de las ciudades y señores de las plazas del poder de decir:
“¡esto es mío, es mí dominio!”
Y cada vez más donde había surco sin puertas hicieron grandes puertas cerradas
Y donde todos eran libres y diferentemente iguales, empezaron a gobernar la desigualdad
Y la maldición que vuelve uniforme la diferencia y siervo quien era libre…

Y entonces el saber que le daba nombre a las imágenes y hacía mitos de los sueños
Y era el fruto del trabajo sobre la tierra e hijo del espanto y de la maravilla
Se dividió también entre los hijos de los hombres, como la tierra y sus frutos.
Y lo que había sido repartido entre todos: nombres, secretos, recuerdos,
Poco a poco fue saliendo de alrededor de las hogueras y de la mirada de los primeros magos
Y se escondió también entre paredes protegidas por muros y guardias.
Y fue cuando como el grano robado de la mesa de los otros para granero de los ricos,
Que una parte poderosa del oficio del vuelo de enseñar-y-aprender
Se dividió también bajo las manos blancas de los señores de sedas
Olvidados, como los maestros de quién eran dueños, como ellos,
De agarrar con el peso bueno de los brazos los dos varales del arado …

¿De quién son las estrellas? ¿De quién son las figuras que el alma de los hombres se apodera?
¿De quién son sus nombres: “Antares, “Capela”, “Riguel”, “Betelguese”?
¿De quién es el saber del cual las estrellas y sus nombres hace dioses y leyendas, héroes
Del destino y caminos sobre los mares en los viajes a otras tierras?
¿En nombre de quién? ¿De qué? Los hombres dividieron entonces el saber en saberes
Y le dieron, a cada uno, un camino y un destino. ¿Y les dieron a algunos el secreto de un poder
Distinto de lo que había antes entre diferentes, convertidos ahora en desiguales?
¿Cómo es que fueron separados por muros los propios nombres de las cosas de la vida
Y dado a unos el poder de decirlos y a otros no, y en silencio,
Se volvieron siervos donde hubo señores, y colonizados donde hay colonizadores?
¿Y aquellos que no saben en donde ahora existen los señores-del-saber
Y los dueños del trabajo y de los oficios de los que conocen y enseñan?

V
Acaso olvidamos…

¿Acaso olvidamos, profesores, esas lecciones de la historia?
¿Habrán ellas sido un mal momento del pasado o nos rodean, ahora, aquí?
¿Nos miramos y alrededor de nosotros y vemos claros sus despojos
O hicimos de ellas los mitos y los cuentos de hadas de nuestras lecciones?
¿Por qué entonces todo fue cómo una canción fácil – una de esas canciones
Que un día aparecen en la plaza del centro del pueblo sin que se sepa de quién o cuando
Y que las personas, juntas, supiesen entonar con voces dulces y flautas de madera
Y bailando recuerdos cantasen las historias de su propia historia –
Fuese puesta, escondida y guardada en templos y palacios
En donde apenas siete principiantes usando trajes blancos de lino
En donde antes hubieron setenta pastores con flautas en el campo y trajes en piel,
Y esos pocos, separados, supiesen tocarla en flautas de oro
Y cantarla en voz baja para siete señores, entre otros setecientos mil,
Dejados afuera, separados por fronteras y silencios de piedra.
Siete señores de Tebas – y ¡cuántas hubieron! ¡Y cuantas hay! – que hacen la fiesta
Y pagan a los músicos después de haber separado el trigo de la paja
Y el saber del poder del saber del trabajo
Y los himnos de los reyes de los canticos de los esclavos
Y los instrumentos de oro de los de madera y cuero
Y aquellos que se visten con los trajes blancos y libran las manos del arado
De los que rompen en el herraje del arado las ropas de trapos.
Después de haber puesto en los surcos de los tiempos lejos de la multitud muchos
Del buen secreto de las letras de las músicas que se volvieron difíciles
Sin nunca haber sido sabias, y de las formulas convertidas ciencias
De aquellos que pudieron desde ese entonces seguir aprendiendo los nombres
Que nombran los secretos del mundo y el corazón de la vida.

VI
desigual, dividida, ella persiste

tan grande como todo lo que es humano es la educación.
y también tan común, tan extraña y tan terrible.
Después de tantos años ella está viva, como los hombres, la historia y las culturas
Y no existe sólo en la escuela y en el sistema, pero en la vida.
Y después de tanto, todas las teorías sobre ella y los métodos y los artificios
No la cambiaran y su pequeño infinito juego de cambios entre las personas
Muy diferentes de lo que, múltiple, diversa, ella ha sido en la vida
Entre profesores-y-alumnos, pero de la misma forma, entre abuelos-y-nietos.
Nada existe en ella que sea eterno o absoluto y todo cambia y se mantiene
Y nada en ella fue la creación de los dioses qué hicieron flores y jilgueros.
Nosotros, creaturas y creadores de Prometeo, encendimos un día su fuego,
Pues como todo lo que el hombre tuvo que aprender para ser y crear
La educación es hija del trabajo y es, ella misma, una tarea de los hombres.
Un trabajo en una cosa sólo más difícil do qué los otros,
Por qué él es hecho de sonidos y sentidos sobre la constitución de su propio espíritu
Y labra, siembra, provee y cosecha en la tierra de su propio cuerpo.
Ella sólo existe en donde las mujeres y los hombres se reúnen y comparten:
Libres y iguales, alrededor de la hoguera, o separados entre muros.
Por eso mismo, cuando las personas transforman
Las reglas de los cambios del trabajo y las leyes de repartición de sus frutos,
De la misma forma la educación cambia sus nombres y se cambia de ropas
Y varía de un sistema al otro el propio trabajo de qué es hecha.

Sólo aquellos qué quisieron obligar al educador
A ser menos humano que los abuelos de otro tiempo, y no estar,
Como todos, entre todos, lo contaran, cerradas las puertas, encendidas las luces
Que no son de fuego, que su trabajo es una tarea separada de las otras
Y él, siendo un sacerdote vestido de blanco, no puede ser un profeta.
Porque los que dicen que su tarea enseña lo que se sabe
Olvidado de enseñar lo que se crea con el otro y se aprende de él,
Se olvidaran de contar que la misma luz que clarea las salas oscurecidas
Es un fuego vivo qué, a veces, incendia en medio de la noche el corazón y el mundo.
Pues, entre enseñar-y-aprender las palabras intercambiadas generan las ideas.
Las ideas intercambiadas no transforman el mundo. Las ideas transforman a las personas.

Y las personas transforman el mundo. ¡Las personas transforman el mundo!

Emisario de la palabra, buscador del dialogo, creador de nuevos mundos,
El educador no es un artesano parado en un tiempo.
A causa de un o siete sueños que tiene todos los días
– ¿y cómo ser un profesor sin soñar esto? –
él no se puede olvidar todos los días las tareas de su tiempo
y nada de lo que es humano, en él, en cada uno de los días, es indiferente…
Puede parecer que hoy somos menos de lo que fuimos ayer,
Pues el sueldo injusto nos dice esto y hay tantas maquinas alrededor…tantas.
Pero ellos saben y nosotros que somos hoy más indispensables que nunca
Porque más que antes se trata de salvar el hombre de sí mismo
Y por eso somos como puentes, mensajeros de lo que fue recordado, los educadores.
Si no fuéramos señores de nuestra propia voz
Y no volvemos a aprender de nuevo a invertir con la vida las lecciones de la sala de clases
Sabemos que es posible recrear con el otro las palabras perdidas
De los que perdieron la voz, pero no la recordación del habla…
Entre todos y no sólo apenas entre los escogidos
El trabajo del educador sirve para el reencuentro del hombre con su origen
Y no sólo por el deber del oficio que es urgente no olvidarnos
Que si no agarramos con ellos entre las manos el timón del buque de la educación.
Otros lo harán por nosotros y contra nosotros, y contra el horizonte
De la aurora de los tiempos que vendrán, porque, junto, nosotros lo haremos llegar.

Pensar la rutina y el misterio de nuestro trabajo como una tarea entre muchas.
Osar a recrearlo siempre y transformar con los otros todas sus esferas:
La de la sala de clases, de la escuela, del sistema y del local del sistema.
Imaginar que la educación existe menor y más de lo que la escuela
Y que, educadores, somos todos los que todavía tenemos la mirada dirigida hacia al infinito,
Al horizonte distante y posible de un mundo fraterno de hombres libres
donde todos pueden ser, desarmados, hermanados, alumnos y sabios.
Entre las personas del mundo, los hombres del pueblo
De quien, profesores, somos más y menos de lo que maestros, y mucho más de lo que meros mediadores de algún poder supremo
Situado fuera de él y de nosotros mismos.
Al lado de los que no se olvidaron de ser portadores del futuro
Sus hermanos y compañeros del mismo largo recorrido…


Traductores: Paulo Silva, Sabrina Ildefonso, Rogério Martins, Alexandra de Almeida e Ana Dias
Revisores: Mariana Santos, Lotte-May Beedell y la professora Rosana Durão