Rizoma Logo

vol 35 • 2023

Image

Freire infiltrado

Freire infiltrado

Pilar Parra Nuño

pdf

Sebas Parra era mi hermano. Él decía siempre como argumento de justificación, tanto de luchas como de escasez de habilidades personales, que “venimos de donde venimos”.

Venimos de un paisaje infinitamente llano; con un llano y sencillo horizonte, un paisaje en el que en invierno cuando nevaba y llegaba la noche, el universo nos quedaba partido en dos mitades, una blanca y una negra divididas por una simple línea recta. Un paisaje de colores, que en la alternancia de extensos cuadrados ocres, amarillos y verdes rotundos y perfectamente combinados, siempre bajo un cielo descaradamente azul, encontrábamos aquel puzle cromático equilibrado que alimentaba nuestra mirada y que nos quedaría impreso en la retina para siempre. Un paisaje en el que la viña, la uva, el mosto y el vino se encadenan en una secuencia infinita y natural como un cromosoma más de nuestro ADN. Un ciclo que se filtraba por cualquier rendija de la vida, de las relaciones, de los amigos, de los vecinos, de las familias; que de tan monográfico como podía llegar a ser, no dejaba lugar para otras esferas o anhelos vitales.

Venimos de un paisaje humano sembrado de espaldas, vidas y sueños doblegados por una historia injusta y finalmente asumida. Historia que dejará personas sometidas, con un cierto miedo a la libertad que nos encontramos con frecuencia en el mundo rural, ancestralmente oprimido y en el que la tierra solo existe para trabajarla, pero sin posibilidad de explotar las ganancias. Una gente buena, firme, tenaz y sufrida pero también dependiente, resignada y sumisa, y lo que es peor, desesperanzada.

Venimos de una cultura del silencio en la que, entre otras conciencias, nos enseñaron a “querer hacia dentro”; donde las manifestaciones sentimentales de alegría, tristeza o ternura no se contaban entre las necesidades básicas. Parecía que una existencia tan austera no podía permitirse un goce de la estética, el amor o la poesía.

Venimos de una tierra de latifundios que dividía sus habitantes entre “amos y señoritos” por un lado, y “gañanes, pastores y labradores” por otro. Eran como dos líneas paralelas, se necesitaban mutuamente para existir, convivían en la interrelación de esta necesidad, pero seguían sus vidas unos de espaldas a los otros, nunca llegaban a cruzarse. Incluso los horarios de las misas tenían públicos diferentes, autoadjudicados de forma tácita y espontánea para que cada bloque comulgase con los suyos. Con Sebas siempre comentábamos que Los santos inocentes, magistral película de Mario Camus sobre la novela de Miguel Delibes, para nosotros era como documental, no había ficción. Realidad pura y dura. Posteriormente llegó la subdivisión entre “rojos y nacionales”, adjetivos que acompañaban a menudo al nombre de la persona referida, una información tan innecesaria como aclaratoria para todos.

Venimos de una casa donde nuestra madre leía las cartas que le llegaban a la vecina, analfabeta como todos los de su casa. Madre a veces lloraba con ella ante las malas noticias, celebraban juntas las buenas y le escribía las misivas que la vecina no era capaz de hacer, intentando bordar el trabajo de poner letras y orden a una cascada de sentimientos y deseos verbales que la vecina quería hacer llegar a sus seres queridos.

Venimos de una familia que sus mejores amigos, ya desde los tiempos de nuestros abuelos, eran otra familia, una saga de pastores. Gente humilde, muy humilde, también analfabetos; bajo el poder económico del “señorito” a quien debían rendir cuentas en especies de una manera discreta e incluso simpática, quedando las entregas como quien tiene un detalle de cortesía con las visitas. Otra obligación era organizarles las cacerías que practicaban con sus amigos ricos, con un despliegue de escopetas, botas relucientes y demás vestuario campestre dignos del mejor Indiana Jones. Y aquí sí que debíamos participar todos, mayores y pequeños, para que los cazadores encontrasen piezas a las que disparar y pudiesen volver triunfantes a la capital, sin importarles cuántos animales mataban, si se los comerían o no (nosotros no entendíamos la muerte de un animal del monte si no era para solucionar la comida del día). Con estos amigos pastores aprendimos el adjetivo “campechano”, palabra que junto a “son muy buenos” solían ser las utilizadas para referirse al “señorito Joaquín” y familia, ya que los deberes contraídos consideraban que eran ligeros, y tenían suerte de tener estos amos que los trataban con condescendencia. No había lugar para planteamientos de lucha de clase, la escala estaba muy bien consolidada y precintada por todas partes. Pero con esta familia también aprendimos gran parte de lo sabíamos sobre nuestra tierra; qué pájaro había cerca según el canto; cuál era el ciclo necesario del rastrojo y el barbecho; como transformar la leche de la oveja acabada de ordeñar en requesón, suero o queso; cómo vivir sin luz eléctrica ni agua potable, de la mano del sol, la lluvia y el fuego como fuentes de vida; cómo oler el aire y descifrar qué llevaba; cómo jugar incansablemente sin un solo juguete, con el campo y sus elementos como factoría de juegos; en definitiva, cómo interpretar aquel arraigo a la tierra, aquel formar parte del equilibrio del universo que toda la vida hemos tenido presente.

Venimos de un pueblo en el que “irse a estudiar fuera” era casi una anomalía, una extravagancia reservada a unos cuantos que, o bien eran del primer grupo social y tenían recursos (aunque pocos los aprovechaban para esta causa) o si eras del segundo grupo lo tenías negro y solamente el afán y la buena suerte te acompañarían en la aventura, ya que representaba más una huida del futuro que tenías reservado que no una posibilidad de progreso.

Sí, venimos de aquí… Aprendimos rápido que este paisaje humano nuestro, por más divisiones que le hiciésemos, el resultado final siempre era de dos: ricos y pobres.

El cuadro que enmarcaban estos paisajes se quedaba fijado en escenas cotidianas, y haciendo un repaso casi de puntillas por la vida de Sebas encontramos algunas.

Cuando Sebas-niño asistía accidental e involuntariamente a la paliza del guardia civil a un campesino que había robado un haz de sarmientos para el fuego de su casa (yo podría asegurar, aunque no estuviese allí, que no eran precisamente para hacer sauna, sino para poder guisar algo para comer o calentar la familia).

Cuando en las clases de primaria a las que asistía con un maestro empírico, éste le pedía que le ayudase a enseñar a hacer las primeras letras a los labradores cuando volvían del campo en el ocaso, y al darles el lapicero descubrió unas manos tan duras y callosas como llenas de esfuerzo y voluntad para aprender.

Cuando ayudando a nuestro padre a hacer el reparto de comestibles por las tiendas del pueblo llegábamos a la que regentaba una mujer analfabeta, Ángeles, pero que había desarrollado un sistema de contabilidad propio a base de dibujos, palitos y redondeles con el que los que sabíamos de cuentas no podíamos competir ni en rapidez ni en precisión. Eran tiempos en los que todo se vendía a granel, debiendo pesar y calcular; y cuando cada tienda tenía la libreta de pago a plazos, dependiendo cada plazo de las semanadas que llegaban a cada casa. Ésta era una libreta ilustrada por dibujos simples, al más puro estilo naíf y con la caracterización necesaria para que ella supiese a quién quería referirse, y el resto lo ocupaba la deuda a base de redondeles y palitos. Un balance bancario absolutamente particular e insólito pero meticuloso y eficaz como pocos. Una lección docente magistral de imaginación y fuerza de la mano de la necesidad.

Cuando de joven ya en Bilbo descubre el mundo del sindicalismo, la siderurgia y su lucha obrera. Hay otro universo en donde la historia no es como se la habían explicado en la escuela, en aquellos libros de texto en los que “Una, Grande y Libre” era el mantra que todos debíamos tener muy presente y aprendido siempre y en todo momento, sin posibilidad de cuestionar qué había más allá del águila de la bandera.

Cuando recala en Girona y se encuentra en medio de un movimiento de voluntarios alfabetizadores, porque la “Gerona Inmortal” resulta que sí tenía barrios llenos de gente pobre y analfabeta. Aquí descubre un gran colectivo de personas migradas de otras zonas del estado español. Personas que le recuerdan aquellas que había dejado allí, en nuestra Mancha natal, analfabetas y desesperanzadas, pero que intentaban encarar sus vidas con nuevas luchas y nuevos horizontes.

Y llega a Salt, pueblo en el que crecerá como maestro de adultos. Un pueblo levantado con músculo de trabajadoras venidas de todo el estado español a la industria textil; de albañiles y hortelanos. Un pueblo que el ciclo de la vida y de la economía lo convertirá años más tarde en destino de miles de personas migradas de todo el mundo, pero sobretodo de África. Personas buscando vida y futuro, y a las que une el cordón de la pobreza, y de su binomio inseparable, el analfabetismo.

Cada etapa de la vida de Sebas, con entornos, situaciones y personajes diferentes, siempre acababa mostrando una realidad similar. Una división social entre personas que tenían recursos y las que no; entre quienes podían divisar un futuro cómodo y próspero y quienes no lo tendrían nunca; entre quienes luchaban por mantener esta clasificación perversa y quienes no podían ni tan sólo pensar en ella; entre quienes leían y se informaban y los que no tenían este derecho; en definitiva, entre quienes tenían muy clara su posición superior en la escala económica y social, y quienes les había tocado la pobreza como compañera de viaje en la vida, con pocas posibilidades de canjearla.

Muy pronto supo que la educación, empezando por la alfabetización, era la clave para revertir este agravio. Era la herramienta necesaria para despertar conciencias, crear posibilidades de lucha y enfocar el camino hacia un mundo más justo y solidario.

Durante unos años yo viví en su casa, con su familia, en una acogida que me permitió romper con el futuro que mis padres tenían diseñado para mí y que no se correspondía en absoluto con mis ilusiones (como mujer me correspondía la proximidad y el cuidado de padres e hijos). Pude estudiar la carrera que quería y acabar siendo la enfermera que soñaba. Siempre lo recordaré y tendrán mi eterno e infinito agradecimiento. Aquellos años fueron extraordinariamente ricos para mí. Descubrí a Benedetti cuando leíamos poesía con Sebas en el comedor de casa; descubrimos a Galeano, que nos escoltaba frecuentemente en las conversaciones. Estos “descubrimientos” nos acompañarían en muchísimos momentos de nuestras vidas, en una comunicación epistolar, peculiar, intensa y querida que hemos mantenido siempre. Sí, curiosamente, gran parte de las relaciones personales de Sebas pasaban por la escritura, cosa que a veces no era fácil de entender, pero una incapacidad innata y/o adquirida para la palabra oral a la hora de expresar sentimientos bañaba gran parte de sus contactos. Fue un tema tratado y criticado en ocasiones incluso por sus más íntimos, con la intención de provocar un cambio que aportase riqueza, claridad y frescura a estas relaciones, pero que se li hizo siempre muy difícil, a excepción del último año en el que pudimos volcar todas las palabras que durante tanto tiempo se habían ido quedando pegadas a las telarañas interiores de la timidez y el miedo a mostrarse. Lejos de justificarlo, yo le entendía perfectamente. Esa “cultura del silencio” de la que hablaba es un código no escrito, no estudiado, pero aprendido con las primeras sopas que comíamos. Sin embargo, estos silencios tejieron una comunicación escrita probablemente más profunda que la que verbalmente nos habríamos permitido.

Y añadiéndose a los descubrimientos, llegó Paulo Freire. Aquí seguramente hay un punto de inflexión en su vida, no solamente docente, sino también personal, pues la Pedagogía del oprimido llenó de fundamentos y praxis todos aquellos escenarios de desigualdad y de injusticia en que a lo largo de su periplo había ido actuando. En todos habitaba la necesidad y las posibilidades de las que Freire hablaba.

Analizando estos episodios vitales, vemos como la esencia freireana infiltraba aquellos recuerdos. Seguramente la vio impresa en la cara del campesino apaleado por los sarmientos. Una cara en la que la libertad era una quimera, una utopía reñida con la seguridad de un puchero en la lumbre.

La encontró resbalando por el lápiz que ayudaba a coger por las noches a aquellas manos que acababan de dejar la azada. Unas manos ásperas y nudosas que cada Navidad llevarían al director del banco una gallina, un jamón de la matanza o unas magdalenas, dependiendo de las posibilidades que otorgasen la administración de la miseria de cada cliente; una administración necesaria y dependiente en la que nunca podrían tomar parte ni firmar ningún recibo.

Impregnaba aquellas hojas que Ángeles llenaba de monigotes, palotes y redondeles en un eficaz sistema contable tan inaudito como sobrecogedor; haciendo pura magia gráfica para suplir su analfabetismo. Pero también estaba presente en todas las mujeres que iban a comprarle con el eterno “apúntamelo para la semana que viene”, conscientes de que nunca podrían repasar ninguna cuenta.

Infiltraba la imagen de las personas que encontró en Girona malviviendo en chabolas con un trabajo mal pagado como eje vital. Trabajadores y trabajadoras que llenaban de geranios cualquier rincón de sus exteriores enlodazados para no olvidar los colores impresos en sus memorias como tabla de salvación de los recuerdos y del alma.

Más tarde esta esencia freireana impregnaría los contactos con los extranjeros venidos de países empobrecidos, personas procedentes de aquel “tercer mundo” al que nos referimos cuando no hablamos de mapas sino de realidades de explotación, de dependencia y de resignación (ahora decimos extracomunitarios como un eufemismo equivalente, para no decir que son diferentes a nosotros y sobre todo, pobres). Nuestro pueblo, Salt, y algún otro cercano, recibieron en poco tiempo una grandísima cantidad de personas que venían de estos entornos; con un pasado de pobreza, su dignidad como equipaje y la esperanza por bandera. Personas que al llegar encontraron un presente desubicado y desfavorable en gran parte de los casos, en los que, una vez conseguida la supervivencia alimentaria básica (si era posible), el analfabetismo y el desconocimiento del nuevo idioma se mostraban como principales adversarios a vencer para intentar volver a recomponer la vida. La escuela de adultos se convirtió para estas personas en un punto de adquisición de estas herramientas, pero también de socialización y de reconocimiento como componentes del nuevo entorno, de los barrios, de las tiendas, de los trabajos, de las escuelas…tomando y haciendo tomar conciencia del nuevo escenario en el que todos actuamos, a menudo representando la misma obra, pero con papeles repartidos de manera diferente y desigual. En esta escuela el “mi-mama-me-ama-mi-mama-me-mima” no tenía cabida ni sentido; cada uno ya sabía lo lejos que le quedaban los “mimos” y las madres que se los podían proporcionar. Hacían falta palabras generadoras de ayuda, y las pizarras de la escuela de adultos de Salt cambiaron las “mamas y mimos” por interpretación de facturas de la luz, contratos de alquiler, tickets del súper y recetas del pediatra. Y, sobre todo, de compromiso con las personas y las desigualdades sociales, con la toma de conciencia de clase y su emancipación.

Sí, definitivamente Freire se había infiltrado hasta empaparle la escuela y la vida.

Rostolls”(Rastrojos) es el último regalo que nos hizo Sebas. Es un libro en el que se vuelca plenamente este último año de su vida, desnudo y a punto de marcharse; donde recopila, explica y contextualiza su trayectoria vital rompiendo de forma asombrosa esta “cultura del silencio” arrastrada desde la cuna. En estos Rostolls nos decía : “Como nos recuerda P. Freire en su obra Pedagogía de la autonomía “tenemos el derecho y el deber de cambiar el mundo”. Pero lógicamente, desde nuestra libertad, podemos optar por la Pedagogía capitalista y trabajar para hacer de las personas seres de adaptación o por la Pedagogía popular y educar para provocar cambios en las personas que las hagan seres de transformación. Parafraseando a Freire diríamos, ¿con quién y a favor de quién educo? ¿Contra qué y contra quién educo? ¿Opto por la alfabetización bancaria, reducida a la lectura de la palabra, o hago una opción por la alfabetización liberadora, popular, creadora de conciencia crítica y generadora de praxis transformadora, que parte de la lectura del mundo para llegar a la lectura de la palabra? Y esto no son preguntas inocentes o innecesarias. ¡Todo lo contrario!

Resulta que la conciencia social y la pedagógica habían ido siempre de la mano, y fue P. Freire quien se lo confirmó. También lo alentó a continuar esta lucha en lo personal y en lo laboral de forma incansable. Instintivamente lo había tenido infiltrado durante toda la vida en muchos momentos cruciales, calando de esta esencia freireana la formación del que sería como persona.

Con Sebas, en nuestra peculiar correspondencia y escritos, a menudo jugábamos con el diccionario; nos gustaba recordar la definición exacta que los entendidos habían declarado unánime para que todos nos refiriésemos a “aquello” sabiendo lo que significaba y dándole el sentido que corresponde. Hoy quiero seguir este juego del diccionario tal como lo haría con él.

Infiltrado: persona introducida subrepticiamente en un grupo adversario, en territorio enemigo, etc…

Subrepticiamente: acción oculta y realizada a escondidas. Ocultación de un hecho para obtener lo que de otra forma no se conseguiría.

Sí, Freire quedó infiltrado en un territorio hostil y enemigo: el analfabetismo y quienes sabían que éste sería su fiel aliado para seguir manteniendo el poder de unos y la sumisión de otros. Un territorio plagado de escenas, lugares, gentes como los que Sebas encontró a lo largo de su vida y que solamente infiltrándose, aunque fuese subrepticiamente, podría comportar una transformación de conciencias y finalmente, de sociedad.

En verdad le quedaron muchos anhelos pendientes de cumplir y analfabetismos contra los que luchar (el político le preocupaba sobremanera), pero como solíamos decirnos al despedirnos, el mundo vive, la lucha sigue.

Habrá que seguir haciendo de infiltrados…


redLogo

N. 35 • 2023

Contactar • Contact us

Apartat 76

Tel. 34 962 28 74 16 Fax 34 962 28 74 19

46800 XÀTIVA Espanya

www.institutpaulofreire.org

info@institutpaulofreire.org

IPF
© 2024 Rizoma freireano • Contenido de este sitio bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Compartir igual 2.5 España. Diseño y Mantenimiento Grupo WebMedia. XHTML y CSS

N. 35 • 2023